2018-07-25

I-reseñas: El dolor de los demás (Anagrama, 2018), de Miguel Ángel Hernández Navarro

Terminas de leer la tercera y más personal novela de Miguel Ángel Hernández, el hijo de la Emilia, hermano del escultor, el intelectual de El Yeguas, sintiendo que acabas de entrar a un espacio propio. La Murcia de la novela es un mundo que conoces, en que intuyes que vives, pero al que no perteneces, y para transitar por él el autor ofrece un mapa sentimental lleno de recovecos, de luces (geografía de una infancia perdida, unas raíces que asientan la identidad, las imágenes que se superponen a través del tiempo, como los limones que sueñan al fondo de la fuente en el poema de Machado, por no citar a Benjamin) y sombras (un crimen que quiebra ese universo con la herida de lo incomprensible, la mala conciencia de quien huye de su pasado con la vista puesta en el retrovisor, de quien se duele de sentir ese deseo de alejarse de aquello que más ama, la imposibilidad de disolver la zona de sombra que permita reconciliarse con el mosaico cubista de la memoria).  En ese territorio, partido en dos tiempos y dos personas verbales (un presente narrado en primera persona del pretérito y un pasado narrado en una segunda persona en presente de indicativo), los tiempos de la escritura y del pasado en que ocurrió el crimen, no hay tremendismo, tampoco utopía: la huerta no se viste de estereotipos. Hay humedad, frío, poca luz, tristeza, la fuerte presencia de la Iglesia como principio rector de la esfera simbólica,  algo de superstición, horizontes chatos, habladurías y estigmas... pero sobre todo hay amor, libertad, la protección que brinda una nostalgia sucia de otros sentimientos, la figura de los padres, la presencia de la tribu, de una comunidad que define quién se es. Piensas que la novela de Miguel Ángel son muchas cosas, pero te parece que entre sus méritos está habilitar un territorio contemporáneo para la literatura en español, sin caer en absoluto en ningún regionalismo costumbrista. Los temas que aborda la novela son muchos: Didi Huberman, Koselleck, Benjamin, la obsesión por la heterocronía, lo visual,  el viaje en el tiempo a través de lo material, el fantasma, la multiplicidad que habita en el yo, el monstruo, el real lacaniano que se obstina en permanecer inasible o indefinible, el fuera de campo, el duelo propio a través del dolor de los demás, la nostalgia  por un mundo que se fue aunque no acabe de irse, por un mundo que no llega aunque uno hace tiempo que ya se sabe viviendo en él, la alquimia entre la escritura y la vida, la insatisfacción de no resolver del todo la pregunta por cómo vivir la escritura y escribir la vida, la difícil relación entre la libertad y la culpa, la compleja exhibición de un proceso de escritura que es a la vez el proceso de dar sentido al pasado en uno mismo, el riesgo de tener que asumir el fracaso del propio trabajo de escritura en ese empeño. Todo eso está en esta extraordinaria novela, sobre la que sientes que te apetecería escribir más largo. Y al final de la lectura, al cerrar el libro, te sobrecoge algo, encuentras una cosa que te seduce por encima de todo: la voz del pasado dictando la vida futura en una segunda persona magistral, en el último párrafo, en un bucle que toca los dos extremos del tiempo, como un profeta que anticipa el fracaso del proyecto que inicialmente pretende acometer el yo que narra y que, a la vez, encuentra una necesidad en que ese fracaso ocurra, una segunda persona que ahí parece la voz de Nicolás, el asesino de la Rosi, el amigo del narrador, la voz de su imagen superpuesta a la imagen del narrador en ese cementerio, encarnada en ese yo, afirmando "y entenderás por vez primera lo que importan las palabras". Enseñándotelo a ti también. Eso. Un lujo que recomendamos efusivamente.

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"Sin embargo yo creo que aquel niño se fue con ellos y todos juntos viven con otras personas y es a ellos a quienes los muebles recuerdan. Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí"

Felisberto Hernández, "El caballo perdido".