2006-12-15

Traducir a Pinochet

Muere Pinochet en un hospital militar, en Chile. Ya se sabe. Cinco mil chilenos han despedido a Pinochet en la Escuela Militar de Santiago de Chile. Los funerales se convierten en una manifestación en favor de la dictadura. Ya se sabe. El obispo castrense dice de Pinochet que es “un oficial que entregó toda su existencia a servir a la patria". Bien. A la patria. Y que era muy religioso. Las virtudes del dictador. Sí. En fin, un ser humano. Padre, esposo, hijo... de Dios. Es cierto. Y un dictador. Ordena bombardear la Moneda. Asesina a Allende. Desaparece seres humanos, los sube a aviones. Aviones que viajan hacia el mar. Nocturno de Chile, nocturno infinito de la muerte. Se muere. Lo que muere se muere. Benedetti que dice: “la muerte le ganó la mano a la Justicia”. La muerte disuelve la vida en su chocolate frío y amargo. Cierra las explicaciones, interrumpe la historia. La justicia termina en una muerte deseada por muchos. Se ha brindado en Madrid, en Santiago, y esos brindis se han filmado y se han repetido hasta acabar convertidos en imágenes del vertedero que contamina la conciencia de la gente a la hora del almuerzo. Tal vez haya algo en el centro de esas imágenes. Hay algo: Pinochet se muere sin bajarse del caballo. A pesar del caballo sin jinete. El jinete y su caballo, juntos, detrás de la muerte.

Chile es un pedazo intercambiable del mundo. Con aristas propias, que hacen de su silueta un recorte difícil de encajar en otros espacios del puzzle de la historia. Una pieza intercambiable a fin de cuentas por debajo de la que, como ocurre con otras, corre el río ciego y sordo de la sangre. Del olvido que recuerda. Del recuerdo oportunista de los medios que olvida, impúdico, recuerdo que comercia con las víctimas, víctimas que comercian con las imágenes de su recuerdo. Víctimas y verdugos, verdugos-víctimas y víctimas-verdugos. Todos defendiéndose atacando, acumulando olvido sobre memoria y memoria sobre olvido, en una espiral de violencia que destruye y mistifica el tesoro de la experiencia. De eso sabemos algo aquí. O no, quizás lo hemos olvidado. ¿Hay algo en el centro, en la periferia de uno de los centros, en el fondo del tubo que parpadea debajo de la pantalla, algo que permanece en el lecho de ese río fugitivo de las imágenes? Sí, quizás haya algo. ¿Acaso habría hecho falta una sentencia si hubiera habido un gesto mínimo de remordimiento? No hay caso, no lo hubo. Pinochet se fue con más honores de los que merecía. Y Chile entero lo sabe. Los que gritaban “Spanish go home”, “Españoles huevones”, pensando acaso en Baltasar Garzón, en Televisión Española, lo saben. Los jóvenes niños de la dictadura, convencidos de algo que vivieron a medias, manifestándose por la memoria de ese anciano Pinochet, lo saben. La orfandad, la muerte, la tortura, la complicidad y la manipulación. Lo saben. En tiempos de descreimiento y posmodernidad nada es secreto, mas el secreto se oculta en su absoluta exhibición. En los aviones había personas. Los desaparecidos fueron desaparecidos. La persecución fue persecución y la tortura, tortura. Sin embargo gritan reivindicando la memoria de un patriota agraviado, acorralado al borde de la muerte. Si hubiera habido un gesto mínimo, un guiño, un comunicado, una fotografía... la imagen de la imagen de un gesto diminuto en que apoyar la teoría de un acercamiento, iniciar una reflexión... hubiera hecho falta igualmente una sentencia. En tiempos televisivos y televisados, confusos y saturados de juego, terror, histeria colectiva o miedo, ¿sigue siendo necesaria la palabra justicia? ¿Y cómo traducir a Pinochet al castellano peninsular, al portugués, al palestino? Flotando una pregunta en el río de las imágenes que, sin suerte y sin desgracia, no se pierden de vista.

Granada, 13-12-06.

4 comentarios:

jara dijo...

Hola Jesús:Cómo tan joven has ido ya tan lejos?.Me encanta como escribes.Jara.Granada.

Monica. Madrid dijo...

Hola Jesús,
que gran desgracia son las muertes de todas las dictaduras. Pinochet ha muerto en la cama, ahora cualquier gesto solo es cuestión de orgullo o venganza. Con Fidel Castro todavía estamos a tiempo, ¿pedimos que comparezca ante los tribunales?

Jesús Montoya Juárez dijo...

Monica, gracias por escribir,

la verdad no sé. Pero me parece interesante plantear la pregunta de cómo traducir a Pinochet. En España, por ejemplo, para muchos parece necesario traducir. ¿Qué te parece a ti?

Anónimo dijo...

Es increíble el peso y la urgencia que las palabras tienen en la vida de los hombres. "Una palabra tuya bastará para sanarme", y una sola palabra de acusación habría redimido en algo el alma revuelta de tantas víctimas, vivas y muertas, desaparecidas o desencontradas. Pero no, no hubo tal acusación ni tal remordimiento. Incluso dejó una carta póstuma en la que se enorgullecía de sus hazañas... ¿Tiene sentido condenarle ahora, ahora que ya no se le puede señalar con el dedo? Lo decía Benedetti, lo malo no son los originales, sino las fotocopias... Y hay muchos Pinochet en el mundo, y es a ellos a los que AHORA hay que condenar,a los que hay que combatir con las ideas antes de que tanta desolación quede tan impune, tan escondida entre los remiendos de la historia, que hasta hace poco tiempo sólo estaba hecha de palabras. Queda el turno de las imágenes, de la música, de la música de Víctor Jara y otros tantos... Es descorazonador el poder que en ocasiones puede tener una sola palabra.
Mariajo

"Sin embargo yo creo que aquel niño se fue con ellos y todos juntos viven con otras personas y es a ellos a quienes los muebles recuerdan. Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí"

Felisberto Hernández, "El caballo perdido".