2007-05-02

Intermitencias

I.
Despertó sobre la acera. Alguien la había recostado con los pies en alto. Delante de sí estaba Matías, su novio, quien le hizo saber que su padre la andaba buscando por el asunto de los doscientos euros que habían desaparecido de la caja. Ella, la chica de la catequesis parroquial, había robado a su propio padre, faltando como poco a dos de los Diez Mandamientos. Se incorporó y le pidió a Matías que no se preocupase, ella reservaría el pasaje y se verían de nuevo en la puerta de la Estación. Era entonces o no sería nunca. No era una huida, era un viaje definitivo a sus sueños. No supo muy bien qué ocurrió al salir de la Estación de autobuses con un billete a Madrid y su guitarra al hombro. El sol la deslumbraba.

II.
Despertó en el asiento trasero de un coche. Su padre conducía en silencio. Sus acusadores ojos la miraban desde el retrovisor. Le dolía la cabeza. Su padre le contó cómo el yonqui de Matías le había robado los doscientos euros y el pasaje a Madrid. Jamás llegaría para la prueba. A cada rato repetía cuánto lo sentía. Su estómago era todo una bola de rabia. Pidió a su padre que la dejara apearse. Regresaban los mareos. Apenas tuvo tiempo de abrir la puerta del servicio de la gasolinera. Cerró los ojos, la acidez estallaba en la garganta. (continúa en "El huevo y la paloma", en busca de editor)

6 comentarios:

Óscar dijo...

Qué crueles son esos despertares cuando uno no sabe si está despierto o no.

Enigma dijo...

Hola, te informamos que TU BLOG HA SIDO ACEPTADO en Blogueratura
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Gracias por seguir publicando la palabra

Alfonso E. dijo...

Tío, me ha encantado. A ver si publicas más como éste :).

Je dijo...

Que sorpresa encontrarte por aqui ^___^

Pues, seguimos en contacto.

N dijo...

Que duro es siempre despertar y que miedo da a veces.
Muy bueno.

Álex Chico dijo...

Ojalá podamos hablar de este cuento en persona. Demuestras que estás ahí por méritos propios. Con esa extraña dedicación de orfebre que nos deja solos, escribiendo, y recordando. Un abrazo.

"Sin embargo yo creo que aquel niño se fue con ellos y todos juntos viven con otras personas y es a ellos a quienes los muebles recuerdan. Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí"

Felisberto Hernández, "El caballo perdido".