
La película empieza con unas letras negras en la pantalla del teléfono móvil cinco minutos antes de la cita. Ella suspira, envuelta por el humo, como una Rita Hayworth demacrada grabada en el celuloide de la ventana. Como en incontables noches iguales a ésta la intimidad de una cocina revela extrañamente quién es uno: abiertas las cortinas, he leído en tantas otras ventanas la misma súplica oscura que ya no pide amor sino una forma difusa de venganza.
Cinco minutos después, un coche entra en escena y aparca frente a esa ventana. Cuando ella corre despacio las cortinas, el frío aliento del destino nos trepa por la espalda, teniendo la certeza de que él no espera, a punto de alcanzar el timbre de la puerta, el afilado final que precede a los créditos.
Cinco minutos después, un coche entra en escena y aparca frente a esa ventana. Cuando ella corre despacio las cortinas, el frío aliento del destino nos trepa por la espalda, teniendo la certeza de que él no espera, a punto de alcanzar el timbre de la puerta, el afilado final que precede a los créditos.
1 comentario:
Me alegro de ver, compañero, que sigues en activo, con estos textos que huelen a humo de tabaco de mujer y celuloide en blanco y negro. Un abrazo
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