2007-10-03

Primavera

Volvía solo, el sábado regresaba de Madrid de noche tarde. Por un momento creí, como tantas veces, que encontraría su rostro sonriente al pie del autobús, que me preguntaría qué tal me había ido en el congreso. Recordé todas las veces que antes había ido yo a recogerlo al aeropuerto, llegando siempre feliz, contándome con su radiante sentido del humor, no ya lo bien que le había ido, sino lo que a partir de ahora proyectaba hacer, los nuevos proyectos que se abrían adelante, “ahora vamos a hacer”, me decía. Siempre en plural, siempre incluyéndote en lo que viene. A pesar del camino recorrido, de los méritos o logros atesorados con el tiempo, lo más hermoso para él tenía que ver con el presente inmediato, con su ilusión por comenzar de nuevo.

Esa fue su obra maestra secreta, inédita, escrita en la vida de quienes lo conocimos. En todos y cada uno de los momentos, incluso en los instantes finales de afrontar la enfermedad por la que lo perdimos, tuvo la sabiduría y la intuición genial de atreverse a empezar de nuevo con la ilusión de aquel niño que jugaba y hacía travesuras en las calles de su Caravaca natal, como si fuera posible crear cada vez la primavera.

2 comentarios:

N dijo...

Qué suerte has tenido.

i. i. dijo...

Qué hermosas palabras. Yo también tuve la fortuna de conocerle, y la verdad que tengo la misma impresión de eso que describes. Sabes, mis papás lo recuerdan siempre también a pesar de que sólo estuvo con ellos una noche cuando vino a cenar a casa. Efectivamente, tu padre me contagiaba de esas ganas de vivir, de ese comenzar siempre. Te mando un abrazo confesando que no puede contener una que otra lágrima al leer tu entrada. Saludos amigo!

"Sin embargo yo creo que aquel niño se fue con ellos y todos juntos viven con otras personas y es a ellos a quienes los muebles recuerdan. Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí"

Felisberto Hernández, "El caballo perdido".