2007-11-14

Corchos

"Puerto de La Isleta del Moro", Almería, 07, foto realizada por Jesús Montoya.
Una buena amiga mía, excelente en su trabajo, la más antigua de su sección, experta en solucionar problemas a la gente y en dar buenos consejos, está últimamente de bajón porque en su trabajo no sólo su jefecillo no hace más que pedir cosas absurdas e inventar problemas para afirmar una autoridad que no posee delante de sus subordinados, víctima de unos celos o complejos absurdos o por querer exhibir ese poder ante sus superiores inmediatos. Esta buena amiga no ha encontrado la solidaridad de sus iguales, mi amiga trabaja en una empresa en la que la política es la del corcho.

España, sin duda, es el país de los corchos que flotan, más que muchos otros. Uno, que ha tenido la oportunidad de viajar un poco y conocer la idiosincrasia de algunos sitios, encuentra virtudes y defectos en todos lados, pero hay tópicos universales que se dan con más intensidad por estos lares.

Mi padre, al que admiraba profundamente y con el que muchas veces discutía con placer aún estando casi siempre en desacuerdo, sostenía- y en esto estábamos de acuerdo- que más allá de la política, estaba la ética. Ahora, con más años que entonces, recuerdo esa metáfora suya y la comprendo, cuando ironizaba que en España, la mayor virtud, la virtud más necesaria fuera la de ser un corcho que flota. Un corcho es alguien insustancial, hueco, que no deje huella al pasar, que tenga la virtud de flotar en cualquier líquido elemento, que sea capaz de apartarse con apenas un soplido, y de aparentar sin en realidad pesar en absoluto. En fin, alguien que pulule alrededor, sin una opinión fija o con la opinión deseada por otros, que no levante proyectos de una altura tal que hagan sombra, el corcho se parece a una rémora en el ego de quienes están por encima de él. No he conocido ningún corcho que sueñe con transformar nada, dedican su esfuerzo a flotar en un caldo quieto. Sus proyectos suelen consistir en barnizar proyectos de otros. Los corchos, todos los conocemos, acaban consiguiendo objetivos, que no pueden definirse como “vitales”, los corchos “superviven”, en realidad, materiales porosos, chupando el agua, la energía, las ilusiones de otros, hasta que, finalmente, consiguen de los que fueron corchos la gracia de un barreño, que a su vez se preocupan de llenar de nuevos corchos que floten a su alrededor.

Ésta podría ser en síntesis la causa moral que subyace a numerosos problemas y fracasos patrios, y la frustración de quienes se mueven, de quienes nadan para salir de las paredes claustrofóbicas del barreño.

Revisando la historia personal de cada uno, todos- yo al menos- hemos sentido la tentación del corcho. Incluso a veces nos hemos lamentado, ¿por qué yo no soy capaz de ser un corcho como fulano? Los corchos tienen eso que llaman suerte. Nunca se hunden, no experimentan nunca el fracaso. No hay nada más que encender la televisión para verlos, en tertulias donde se toca la campanita y la opinión se vierte en la dirección adecuada, hay periodismo del corcho, política del corcho, relaciones laborales corcho, en fin, el mundo es del corcho. Ojalá resistamos a esa tentación.

No lo he dicho en este blog, pero voy a ser padre en enero, estoy feliz por eso, feliz de una manera nueva, nunca sentida. Y un miedo nuevo, un miedo a qué clase de ser humano voy a entregarle a mi hija.
Hoy me digo a mí mismo lo que mi padre debió decirse una vez, lo cual a la postre me ha significado una de sus lecciones más valiosas: “Nadaré para salir del barreño para ver qué hay afuera y seguiré creyendo en que es posible”.
Vaya un abrazo grande a mi amiga y mi deseo de que siga nadando para salir del barreño, seguro que el mar la espera afuera.

5 comentarios:

Ra dijo...

Bravo.
Y bravo sobre todo por la buenanueva.
Abrazo

Jesús dijo...

Muy agradecido,

nos vemos, o no.

i. i. dijo...

Bellas reflexiones, bella metáfora. Creo que es un estado al que siempre le estaremos temiendo. Te mando un saludo!!
I.I.

N dijo...

A mi el corcho me da grima. Cuando he tenido que pintarlo para alguna manualidad, o cortarlo, no me gusta trabajar con él. Se deshace, se queda pegado a la ropa, no hay manera de barrerlo del todo, siempre queda algo por ahí...
Me alegro de que tu amiga sea más sustancial y siento las consecuencias.
Y, sobre todo, me alegra tu paternidad.

Migue dijo...

Ante todo: ya era hora de dar la buena nueva en el blog Jesús! Enhorabuena chaval.
Me gusta tu metáfora -o de tu padre- de los corchos. Es verdad que los corchos nunca se hunden, pero siempre están a la deriva, sin rumbo fijo. Quizá es mejor estar hundido, pero tocando el suelo, que flotando sin ser dueño de tu destino.

"Sin embargo yo creo que aquel niño se fue con ellos y todos juntos viven con otras personas y es a ellos a quienes los muebles recuerdan. Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí"

Felisberto Hernández, "El caballo perdido".